Julio Ortega Lopera. Impresiones personales en su memoria


Enrique Ruiz Arriola.

Catedrático del departamento de Física Atómica, Molecular y Nuclear.

Universidad de Granada.

 

    Conocí a Julio cuando empecé segundo de Físicas en Granada, en octubre de 1981; yo había empezado la carrera en Almería donde había un Colegio Universitario que pronto fue ascendido al rango de universidad. Sinceramente no recuerdo el momento exacto de establecer contacto, pero siempre recuerdo la impresión que me causaba de persona independiente, trabajador y original. Julio, como otros compañeros que lo conocen probablemente mejor que yo, había estudiado en la Universidad Laboral de Málaga, una institución ya desaparecida. Al ser natural de Higuera de Calatrava, un pueblo de 600 habitantes perteneciente a la provincia de Jaén y limítrofe con la provincia de Córdoba, estuvo mucho tiempo desde edad temprana fuera de su casa y lejos de su familia y creo que eso le curtió como persona.

 

    Yo, desde luego, que tenía más curiosidad que conocimientos, me quedaba maravillado de oírlo hablar y discurrir, no por sus conocimientos sino por cómo construía sus propias herramientas, paso a paso.  Yo me preguntaba, ¿de dónde saca este tío esas ideas? y ¿por qué creerá que voy a enterarme de algo? Tengo grabado un paseo donde me contó de cómo con una serie de hipótesis mínimas quería deducir qué partículas elementales existen (esto es literal). Por muy ingenuo que parezca, esta idea tan desafiante como pura categoría lógica, me enseñó que desde Higuera de Calatrava o cualquier otro sitio uno podía discurrir lo que le diera la gana. Este es un principio básico de lo que podríamos llamar la oportunidad científica y es que la ciencia que importa se construye con librepensadores. Por desgracia esta especie está en peligro de extinción por la continua centralización científica que genera una acumulación de recursos, pero también estructuras de poder. Para mí Julio fue el primer ejemplo palpable en una persona joven de carne y hueso de esa rara categoría de librepensador que frecuentemente solemos identificar con personas con más experiencia o más alejados de nuestra realidad cotidiana.

 

    Hay muchas anécdotas comunes de la época de la carrera y no puedo acordarme de todas nuestras fechorías de tiempo libre, por así decirlo y puede que tenga una mezcla de recuerdos reconstruidos. Hay una que a él le gustaba mucho recordar cuando nos juntábamos y que probablemente sea conocida en su entorno más cercano. Lo cuento aquí para dejar constancia. Habíamos terminado algún examen y unos cuantos, Alfonso Salinas estaba seguro, nos fuimos de bares (lo típico). A altas horas de la madrugada, nos detuvimos en la plaza de las Pasiegas, frente a la catedral, en la antigua residencia del obispo y decidimos, guitarra en mano, dedicarle una serenata improvisada al obispo. Buenas noches obispo...  y esas cosas, y Julio creó un estribillo, ... de Canterbury lo cual fuimos repitiendo como un eco eterno, … de Canterbury, de Canterbury ... y que todavía nos persigue (del obispo de Granada no puedo hablar).

 

    No hace falta decir que Julio fue un estudiante brillante, aunque a mí esa palabra me evoca una persona que consigue las cosas con facilidad. Mi sensación fue que en realidad no tenía pereza ninguna para intentar las cosas de una y otra manera cada vez más ingeniosa y creo que parte de su éxito como estudiante primero y como investigador después ha tenido que ver con una constancia y un tesón apoyados por un punto de vista muy original y sin complejos. Hay muchas formas de conseguir entender las cosas y creo que desde siempre Julio fue un maestro en el antiquísimo método de ensayo y error.

 

    El mote que le habíamos puesto fue por comparación con Julio Palacios, una figura legendaria por aquel entonces en la física española, y cuyo libro de análisis dimensional tuvimos todos ocasión de estudiar con observaciones curiosísimas y atípicas. Le llamábamos Juliopalacios (bloque de palabras). El paréntesis no es sólo una aclaración, sino que formaba parte del mote.

 

    Cuando cursamos la asignatura de física cuántica, por la cual algunos aspirábamos a ser físicos, recuerdo que Julio me recomendó un libro de Heisenberg, "Diálogos sobre la Física Atómica", que él ya conocía desde su época en la Universidad Laboral. La obra relata las peripecias de uno   de los fundadores de la mecánica cuántica. Es un relato vibrante y lleno de emoción que describe entre otras experiencias cómo Heisenberg construyó la teoría de las matrices, algo ya inventado por los matemáticos, pero desconocido para él, pudiendo finalmente cimentar el principio de indeterminación.  Es enternecedor imaginar a un adolescente de estatura media, moreno, de pelo rizado y mirada entre penetrante y perdida enfrascado en su lectura en la biblioteca de la residencia soñando con emular algo parecido. Para muchos de la clase ese libro fue una inspiración. En los recreos y horas libres comunes (ventajas de un sistema universitario con pocas optativas que permite un horario simplificado) discutimos esa temática y muchas otras cosas, casi siempre relacionadas con la física, en el plácido ambiente del jardín de la Facultad de Ciencias que da a Fuentenueva, que solíamos frecuentar. Ni la biblioteca ni las librerías tenían tantos libros, así que la información sobre "La Física más allá de la carrera" en Granada en aquella época sólo podía ser imaginada verbalmente, terreno abonado para individuos de la especie de Julio. Por supuesto, desde entonces adquirí la costumbre de comprar ciegamente cualquier título que Julio me ha recomendado.

 

Foto_patio_1986

 

    Durante parte de la carrera compartimos piso. Bueno, había dos pisos en la misma calle: uno de chicos y otro de chicas que ya nos conocíamos, hasta el punto de que la comida y el almuerzo se hizo paulatinamente en común, por lo frecuente de los intercambios y la eficacia logística.  La calle Parra Alta de Cartuja era un universo en miniatura que parecía un pueblo, con su verbena en la Plaza de la Cruz, y donde pasamos muy buenos momentos admirándonos de los personajes que conformaban el barrio. Julio pasaba mucho más tiempo en el piso de las chicas (99.9%) que en el de los chicos (0.1%). La foto, que me mandaron a Alemania, sorprende a Julio junto a unos vaqueros tendidos en la primavera de 1986 en el piso de chicos.

 

    Hay un incidente relevante en el que Julio participó en tercero de física, y fue la encuesta que hicimos algunos alumnos a todos los alumnos de la carrera sobre la calidad de la enseñanza.  Existía la preocupación de que hubiera una deriva excesivamente aplicada, casi ingenieril, de los estudios de física que estábamos recibiendo y el deseo de muchos de implementar la especialidad de física teórica, cosa que se hizo poco más tarde pero que, por desgracia, no pudimos disfrutar.  A Julio ya lo conocían todos los profesores, pero a otros nos llegaron a recordar algunos únicamente por la famosa encuesta. Hubo tratamiento estadístico de datos, claro, y el resultado y su interpretación siguieron el patrón de una práctica de laboratorio, sólo que el guion lo escribimos los encuestadores, para variar.  Pese a que todos los participantes teníamos cierta inquietud con que nuestras intenciones fuesen malinterpretadas por algunos profesores, en ningún momento Julio dudó y su compromiso fue total para con la causa. Cuando hablo con los ancianos del lugar, me alivia saber que la acción tuvo algún impacto y movió conciencias. En un sentido más amplio, me consta que la militancia de Julio en mejorar las cosas y la idea misma de plantearse como objetivo el batir nuestra mejor marca personal, sin dejarnos distraer por el público, se ha mantenido incólume a lo largo del tiempo en su caso. Por lo que yo conozco, creo que esa enseñanza ha calado en su entorno personal y profesional a través de su ejemplo diario. 

 

    Al acabar la carrera, ya hace más de 30 años, el nivel de convivencia tan intensa en casa y en clase desapareció por doble motivo (yo me fui a Alemania), y creo que hay muchos compañeros y colaboradores suyos más cualificados que yo para recordar y valorar su excelente trayectoria científica, académica y literaria (trabajo, trabajo y más trabajo) que nos deja un libro de texto sobre la Arquitectura de Ordenadores.

 

    Recuerdo como de forma entusiasta se implicó en la celebración del 25 aniversario de nuestra promoción de Físicas 1980-1985 que duró tres días; lo más parecido a una boda gitana que recuerdo de los últimos tiempos (ya tenemos una edad). La preparación, que duró algunos meses fue una excusa excelente para hacer un hueco y juntarnos el comité organizador: Belén Prados, Alfonso Salinas, Manolo Orihuela y yo mismo. En las presentaciones del evento en el Carmen de la Victoria, Julio expuso sus siempre atinadas y cariñosas reflexiones en torno a las diferencias y similitudes entre la física, las matemáticas y la ingeniería, un debate con mucha solera en la promoción 1980-1985. La celebración fue tan aclamada que ya querían muchos participantes para el año siguiente celebrar el 26 aniversario. Lo hemos ido dejando, y por desgracia, cuando volvamos a hacerlo Julio no estará en persona entre nosotros.  Eso sí, nos ha dejado un legado humano difícil de olvidar que nadie nos puede arrebatar y que nos cuidaremos de preservar mientras seamos capaces de recordar.

 

    El entusiasmo es algo que suele caracterizar o atribuimos a la juventud.  En el caso de Julio, la devoción por enfrascarse en una discusión científica cada vez que nos hemos visto ha permanecido intacta a lo largo del tiempo. La última vez que mi mujer Dolo (del piso de las chicas) y yo tuvimos la ocasión de estar un rato con él y con su mujer Carmen, poco antes de que los estragos de la enfermedad, que ya padecía, fueran visibles y perceptibles, fue imposible no dedicar un rato a eso que aburre a muchos, pero apasiona a otros. Haber estudiado física deja una impronta imborrable, independientemente de lo que hagas después y, para mi, Julio era un físico que hacía muchas otras cosas; y además las compartía con total naturalidad, ingenio y perspicacia.  

  

     A día de hoy, pocos días después de su muerte, ya hay cosas de Julio que me están influyendo y me hacen pensar y recapacitar. Su propia muerte con 58 años, me apena por él, que hubiera disfrutado con su espacio de pensamiento propio y lo habría compartido con todos nosotros, y por su familia que me imagino sentirán su ausencia como una amputación. No tengo palabras para todo eso y siento no haber acudido a su funeral por encontrarnos fuera de Granada en ese momento. Lamento que el atrincheramiento al que nos ha condenado la pandemia le haya supuesto un trance así a él, a su mujer Carmen y a sus hijos, Julio y Diego, en medio de un gran ruido de fondo que tiende a difuminarlo todo.

 

     Me consuelo pensando que en mi mente y en mi imaginación seguirás siendo ese tipo de un remoto pueblecito jienense, inquieto y agudo, con un punto de humor bienintencionado y cuya evocación nos hará entretener nuestras propias tribulaciones, refugiándonos en el pensamiento racional. Sin límites, sin complejos y con mucha humanidad.